
Desde hace mucho ha llamado mi atención y me lo he preguntado más de una vez, por qué cada cual, indistintamente de la época en que se nace, considera que “su música”, o sea, la que escuchó en “su tiempo”, es la mejor del mundo. Anoche, durante la transmisión en vivo de Festival de Viña del Mar 2012 pude ser testigo y parte viviente de ese fenómeno.
Dentro de la programación del recién pasado viernes, le tocaba presentarse a Salvatore Adamo, el cantante ítalo belga de dilatada carrera, cuyos albores en el campo de la música se remontan al año 1963 y del cual muchos jóvenes hoy en día ni siquiera ubican alguna de sus melodías.
Naturalmente yo, admiradora de sus bellas canciones desde “mi tiempo”, o sea, desde mi adolescencia, me preparaba a disfrutar su presentación sin prejuicios de ninguna clase.
Para agrado de todos quienes aguardábamos verlo, él abrió el encuentro y ¡vaya sorpresa!, después de una importante cantidad de años, allí aparece este señor sobre el escenario sin ningún toque parafernálico, saluda, da un guiño a sus músicos y…comienza a cantar. Era evidente e imposible de negar el desgaste de su voz a través de los años, pero… ¿acaso no estamos hablando de recordar la mejor música de todos los tiempos? ¡Obviamente!, y para ello, qué mejor ejemplo que el de una persona, que destila sencillez por todos los poros y quien a través de una acertadísima selección de canciones nos llevó en un dos por tres a revivir momentos que marcaron distintos hitos de nuestra infancia y juventud. Sin esforzarnos siquiera, allí estaban de nuevo haciendo presencia esas manos en nuestra cintura mientras bailábamos un lento tras otro con aquella persona “especial”.
“Y mis manos en tu cintura
pero mírame con dulzor
porque tendrás la aventura
de ser tú mi mejor canción (…)”
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