Vi la película antes de leer el libro (protagonizada por Anthony Hopkins). Luego lo compré para leerlo. Me conmovió muchísimo la historia, hasta la asfixia…sí, sentía asfixia cuando veía que Mr. Stevens desaprovechaba las oportunidades de liberar lo que sentía (¿acaso no era conciente de lo que sentía?) por Miss Kenton. Al principio me sorprendió saber que el autor es de origen japonés, pero después me pareció con sentido, pues el estilo ceremonial que se respira en la muy inglesa Darlington Hall (la mansion de la que Stevens es mayordomo), con sus rutinas, sus ritos, sus deberes, son congruentes con la cultura japonesa.
Me imaginaba a mí mismo no atreviéndome a decirlo, a no soltar el “te quiero”. Tardé en terminar el libro. Me detuve en las ultimas 3 páginas del libro durante semanas y meses incapaz de soportar la ahogada tristeza que intuía portaba el final. Parcialmente inspirado en esta novela fue que, hace muchos años atrás, me atreví a confesar mis platónicos amores a una compañera de trabajo el día que se retiraba de la oficina (lo único que gané fue el derecho de hacerle unas clases de excel, pero al menos salí del empacho).
Tiempo después pude concluir el final del libro.











Quizás el secreto de Los Restos del Día sea que Mr. Stevens no sabía hacer clases de Excel...
Qué duro lo de "ganarse el derecho" a hacerle las clases. Es una historia como para la fundación Seduce y Destruye, promovida en el filme Magnolia por el personaje de Tom Cruise, ¡que por primera vez lo hace bien!.
Bromas aparte: ¡gran comentario, Aldo!. No tenía idea que la novela la había escrito un japonés. Efectivamente eso le pone otras luces.
Muchas gracias.
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Pedro