Abanico
de Seda de Lisa See permite, y no sólo ese es su encanto, que uno entre en
la cultura China de los pies pequeños, en los dolores, en la
conformación y fragilidad de miles de mujeres; en el lenguaje oculto
del azar y de las posibilidades en la vida, en las claves del nu shu
que permitía a las mujeres escribirse a la distancia y dejar un
registro, una huella oculta de sus exteriormente insignificantes vidas.
(Aunque
como es descrito este lenguaje femenino secreto, el nu shu, me parece
que apenas les puede haber servido, porque no podían ocultarlo a su vez
de las mujeres mayores, que muchas veces fueron los reales verdugos de
las más jóvenes. Imagino que cada generación debe haber introducido
pequeñas modificaciones, claves para que el lenguaje siguiera siendo
realmente secreto).
Se
trata de un libro enorme en cuanto a temas e imágenes, porque presenta en todo su
esplendor una cultura que nos puede parecer a ratos imposible, un
cuento cruel. Y el relato a su vez se hace cargo del destino, de la
madurez (en el sentido de adultez sumada a sabiduría adquirida) que
permitía esa forma de vida y se refiere al mismo tiempo al amor
impuesto y a veces posible; grabando finalmente en la memoria del
lector fotos bellísimas de la cultura China, inmensas escenas que
muestran todo el mundo interno sobre el que se afirmó por más de dos
milenios esa visión de la realidad que fue la de los pies vendados.
La vida
nos ofrece suaves senderos y caminos pedregosos, compañeros de viaje y
noches de soledad. Todo para que en algún punto del camino, una tarde,
nos demos cuenta que no teníamos toda la información, que nunca somos
el todo que creemos ser, ese lado real del espejo. Entonces pasa a ser
un privilegio el poder mirar serenos desde nuestra esquina el día a
día, entendiendo que el otro mira desde la suya y que al final jamás
podremos conocer (sin pasar a llevar o trasgredir) sus reales
motivaciones, sus sufrimientos ocultos; las totales complejidades de
quienes se presentan antes nosotros.
- No puedes oponerte a tu destino -observé-. Estamos predestinados.
-
Eso dice mi madre. Sólo me desataba para obligarme a caminar hasta que
se me rompieran los huesos y para que pudiera utilizar el orinal. Yo no
dejaba de mirar por la celosía. Observaba a los pájaros que pasaban
volando. Seguía la trayectoria de las nubes que viajaban por el cielo.
Contemplaba la luna y la veía crecer y menguar.










Excelente, lo leeré apenas tenga algo de tiempo, asi como voy creo será en Mayo. Saludos.