Nuevamente Planeta premia una obra que debió ser otra. Déjenme decirles cómo supe de Federico Andahazi. Fue en una librería de aeropuerto, en Ezeiza, ya no sé qué año, pero el 2000 probablemente. Yo partía de vuelta a Chile, con la fascinación de haber caminado por las calles de Buenos Aires nuevamente, encantado con el aroma cultural de esa ciudad frenéticamente europea, con las mil conversaciones sostenidas con viejos amigos porteños sobre el futuro de Argentina y el mundo que allí nacía incesantemente. Se venía la crisis, pero aún faltaban dos años y yo no era quién para permitirme esa oscura certeza, así que mi ánimo era entre festivo y asombrado esa tarde, cuando me acerqué a comprar un libro de último momento (es un viejo rito personal comprar un libro antes de subirme a un avión), de algún escritor argentino de los que aquí no se conocen. Pensé en Abel Posse, pero no había o lo que había ya estaba en mi poder. La chica de la tienda me miraba con ojos clarividentes mientras yo trataba de explicarle lo que buscaba. Finalmente me interrumpió para sugerirme El Anatomista. No diré demasiado de ese libro, porque pretendo comentarlo alguna vez en el futuro cercano, pero por el momento baste decir que es una novela notable, de una prosa arrobadora, que cuenta la historia ficticia de un personaje real, un tal Mateo Colón, que habría descubierto para Occidente, ni más ni menos que el órgano femenino que él llamó Amor Veneris y que nosotros conocemos por clítoris.
Encariñarse con ese libro y buscar otros fue un solo movimiento del espíritu. Las Piadosas me produjo similar maravilla, pero me desilusionó su final, demasiado burdo para formar parte de la misma obra. Otro tanto me pasó con El Príncipe, que no terminé. Y sin embargo, persiste en mí la certeza de que la magia de El Anatomista proviene de una pluma casi infalible.
Después dejé de leerlo. Pasaron años. Y un día, antes de subirme a otro avión, compré El Conquistador. El resumen de la contraportada me maravilló. Supe que por fin un novelista de talento se había aventurado en las arenas movedizas de la historia ficción acerca de la relación entre Europa y América. Suponer que un hombre, un erudito azteca hubiese podido construir una embarcación y descubrir el territorio europeo y a sus bárbaros habitantes. Imaginar que aquel descubrimiento asombroso hubiese podido inspirar en él el impulso del conquistador destinado a forjar imperios. Mostrar cómo el poderío militar y cultural de la América de entonces hubiese podido compararse de igual a igual con la paupérrima Europa desangrada por guerras y por pestes. Hacer todo eso con una prosa de lujo, con un ritmo narrativo interesante. ¡Sorprender al lector en sus propios prejuicios, enrostrándole cómo Tenochtitlán era en esa época una ciudad más grande y mejor urbanizada que París o que Londres!
Todo eso y más esperaba yo de aquel libro que compré sin pensarlo dos veces, porque además había sido premiado con el premio más acaudalado de las letras hispanas. Pero mi desilusión fue total. La prosa no es la exquisita prosa de Andahazi, sino otra, simplota y bobalicona, como si la hubiese escrito alguien más, o peor aún, como si la hubiese escrito él mismo, imitando a lo peor de sí para amoldarse a los gustos del público menos refinado. La historia empieza bien, pero se pierde en la maraña de omisiones históricas necesarias para otorgar al relato la necesaria verosimilitud. El protagonista termina idealizado hasta la nausea: no es humano, sino una especie de santurrón imperial cuyos impulsos de conquista están moralmente justificados de antemano por una especie de autodefensa anticipatoria. Los aztecas no son los desalmados sanguinarios que en verdad fueron, sino que hay en ellos un grupo de rebeldes buenos de corazón de entre cuyas filas surge el descubridor. Por lo demás, nada dice de las enfermedades, que hubieran hecho imposible el desenlace de la novela. De haber llegado nativos americanos a Europa a comienzos del siglo XV, habría muerto al poco tiempo por la viruela o cualquier otra de las pestes que los europeos llevaban encima y contra las cuales en nuestro continente no había defensa alguna, como la historia demostraría después de la llegada de Colón.
En fin, es una novelita. Entretenida, para qué más. Pero pobre, pobremente lograda por una de las mejores plumas de habla hispana. Y sin embargo, me compraré la próxima, con el alma poblada por la esperanza de que la tranquilidad del éxito le haya dado a nuestro ilustre novelista la oportunidad de recobrar sus viejas y tan queridas facultades de narrador.











...Las piadosas me encanto, el final me parecio notable...el anatomista muy bueno...leiste el secreto de los flamencos? quiza ese saque tu disgusto por andahazi...