Como se sabe, Borges tuvo dos períodos de poesía en su vasta obra. Una en la juventud, cuando aún era virgen de sus relatos y de gran parte de sus ensayos y otra en la vejez, cuando ya la vista le abandonaba casi por completo. Entre ambas se extiende ese océano que fue su prosa, que fulge en sus relatos con un brillo acaso imperecedero.
He adquirido hace un tiempo dos volúmenes (creo que en total son tres) publicados por Alianza Editorial, con la Obra Poética de Borges. Comentarlos es imposible sin correr el riesgo de naufragar, especialmente alguien como yo que tengo con la poesía un acercamiento indecorosamente deformado por mis conversaciones reales con tres o cuatro poetas de los cuales sólo uno sabe que lo es.
Pero por lo pronto, decir que la poesía borgiana es siempre un descubrimiento, porque donde otros poetas empujan los límites del lenguaje mediante la búsqueda de formas nuevas, construyendo versos de aire que parecen escritos para otros universos, Borges se aferra a la realidad desde la erudición y en su aparente incapacidad de abordar las emociones, juega a dibujarlas con el lujo de los detalles históricos o del rigor conceptual, buscando tañer en el lector las mismas cuerdas que vibran en su interior.
No se encuentran en estos versos languideces ni rosadas palpitaciones. Más bien, una cierta nostalgia elaborada con retazos de un pasado que se nos puede hacer a ratos demasiado vasto.
Del segundo tomo de la edición de Alianza, una muestra de "Fragmentos de un evangelio apócrifo":
18. Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni el cielo.
19. No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz.
(...)
25. No jures, porque todo juramento es un énfasis.
26. Resiste al mal, pero sin asombro y sin ira. A quien te hiriere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor.
27. Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón. Hacer el bien a tu enemigo puede ser obra de justicia y no es arduo; amarlo, tarea de ángeles y no de hombres.
(...)
34. Busca por el agrado de buscar, no por el de encontrar...
35. La puerta es la que elige, no el hombre.
(...)
50. Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor.
51. Felices los felices.










