"Mi perdedor se llama Félix Chacaltana Saldívar y ostenta el cargo de fiscal distrital adjunto en la provincia de Huamanga. El fiscal Chacaltana cree en la ley, cree en el orden, cree que todos seremos felices si respetamos los procedimientos estipulados en el código procesal civil, procedimientos que sabe recitar de memoria. Pero en esta novela, se enfrenta a un asesino en serie que considera que el descuartizamiento es un arte y esculpe a sus víctimas con motivos religiosos de la Semana Santa, un criminal no previsto en el ordenamiento jurídico, que hace estallar los estrechos márgenes en que el fiscal trata de encerrar el mundo".
Con este párrafo presentó Roncagliolo al protagonista de su novela Abril Rojo en la entrega del Premio Alfaguara 2006, que le otorgaron por ella (ver aquí su bellísimo discurso).
Debo decir que disfruté de su lectura como no esperaba hacerlo, deslumbrado por una prosa impecable y la extraordinaria habilidad del autor para orquestar paso a paso un thriller policial que conversa sin pausas con el telón de fondo de la era fujimorista y su guerra contra los movimientos terroristas. El fiscal Chacaltana es una caricatura del ingenuo que llevamos dentro, siempre intentando aferrarse a las costumbres y a las rutinas para no ceder al vértigo de vivir a destajo. Su tabla de salvación son los procedimientos penales, que dictan el deber ser de todo lo que existe, o al menos eso piensa él. Pero la realidad siempre se desmadra, y en su caso, se desmadra en una ola de asesinatos feroces que a ratos parecen los resabios de la guerra cuyas cenizas amenazan con volver a encenderse a cada momento, y a ratos las maquinaciones horrorosas de algún psicópata que justamente pretende esconderse en el laberinto de los odios políticos y las matanzas cuyas víctimas todavía no han sido olvidados.
Tiene mucho de lo que suelen tener los buenos thrillers, salvo que el protagonista es un héroe de pacotilla que intenta tapar con papeles los cadáveres que su nuevo caso le va brindando. Un fiscal obsesionado con los informes, como todo buen burócrata, y como tal, convencido de que cuando son buenos, éstos bastan para que el mundo retorne a lo que él espera que sea. Un hombre obtuso que en sus mejores momentos termina pareciendo bueno por negación, y en los peores, malo por incompetencia. Lo interesante es que precisamente por eso, este antihéroe parece más verosímil que los detectives rudos o superdotados de las historias policiales vulgares.
La novela nos ilustra un Perú que quizás algunos peruanos querrían olvidar, y que otros sin duda ocultarían si pudieran, pero que probablemente está grabado con tinta indeleble en la historia de América Latina precisamente porque de algún modo sintetiza las complejidades del proceso no terminado del encuentro hostil entre las etnias originarias de nuestro continente y los invasores europeos que vinieron para quedarse, proceso del cual surgieron, para bien o para mal, nuestras naciones mestizas.
No sólo es un libro entretenido, no sólo está bien escrito, es además un documento que sin declarar pretensiones de rigor histórico, nos ofrece un retrato y una interpretación (personal como todas) del sentir de distintos mundos de la sociedad peruana respecto a la guerra atroz que desangró sus campos y sus ciudades con tanta crudeza durante el período de Sendero Luminoso.











Para aquellos que quieran leerlo: http://www.quedelibros.com