
No sabía más que de su rareza y contaba sólo con mi curiosidad. Aira escribe raro, dicen. Eso siempre me interesa. Tal vez por una insolente identificación. El tema es que sólo me faltaba un envión más contundente para enredarme en sus palabras. Y por suerte llegó. Alguien a quien admiro hizo un comentario muy interesante sobre “El Divorcio”. Así que lo compré y me regalé a sus páginas, a simple vista, raras. Los párrafos estaban alineados a la izquierda, con sus márgenes derechos irregulares como quien no usa bien el Word y no justifica los textos. Tal vez desidia de la editorial, tal vez pedido expreso del autor. El efecto fue logrado: leí para ver si encontraba la razón del inusual diseño. No tuve suerte.
No puedo contar mucho sobre la trama del libro porque delataría una de sus mayores riquezas. Sí puedo decir que el relato de un incendio en las primeras páginas es majestuoso. No es de los relatos que se convierten en cinementalgráficos. Impregna, más bien, una sensación: sensación de incendio. ¿Cómo es? No lo sabía antes de leerlo. No hay modo de reproducirlo, ni modo de olvidarlo.
En momentos cualquiera de la novela, uno puede descubrir las pinceladas. Esas marcas del autor. Concepciones de Aira sobre los religiosos, el amor, la moda de los barrios de Buenos Aires, etc. Pero por sobre ellas, la novela toda es una expresión acerca del misterioso fenómeno del paso del tiempo. De la locura que puede incluir un instante. De lo desencontrado que puede ser un encuentro. De todo lo que puede estar presente en las cabezas de la gente en tan sólo un momento inesperado.
Raro pero palpable. Raro pero legible. Bizarro por momentos. Interesante. Muy interesante.
Les acerco una de las mejores imágenes de la novela:
“…salieron corriendo de él, como ratas, unos treinta o cuarenta curas con sotanas. Corrían por sus vidas, y la desesperación con que lo hacían perfeccionaba el símil con animales (ratas, cuervos, perros). Algunos eran jóvenes, otros viejos, y hasta muy viejos, pero todos estaban animados por una vida mecánica y enérgica; la ansiedad por salvarse les daba alas; la vida terrenal se les hacía más valiosa…”











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