Ahora que ya se ha dejado de hablar de José Saramago con esa nostalgia compulsiva que produce en la gente la súbita desaparición de un gran artista o una figura pública; ahora que no está tan de moda hablar de él para alabar su literatura (o para denostarla, que de todo hay en esta viña); ahora, digo, que después de su partida ha finalmente vencido el silencio, ese silencio como de final de un entierro, ese silencio que no puede durar porque ya acoscumbrados a su ausencia aprenderemos a hablar de él de otra manera, como un amigo omnipresente, como un acompañante fiel desde sus letras; ahora, digo, que es posible agradecer serenamente su aporte a la Humanidad, quiero comentar este libro suyo, una pequeña obra maestra, una más.
Se trata de Todos los Nombres.
Es una novela que tiene la rareza de que cuenta una sola historia, con un solitario protagonista, un burócrata de más de cincuenta a quien la vida se le está yendo entre un trabajo rutinario en una institución de lo más gris y un pequeño hobby, fetichista a su manera. El hombre trabaja para la Conservaduría General del Registro Civil, donde manipula fichas de nacimiento y defunción de los ciudadanos de su país. Como buen burócrata, vive aferrado a la rutina y al temor a casi todo lo que no sea su estrecho mundo. Pero para colmo se ha quedado solo. Cultiva un pequeño vicio, una ligera depravación absolutamente inofensiva, pero que él vive como si se tratara de un crimen secreto, a propósito del cual termina enganchando emocionalmente con una desconocida a la que sólo ha visto en la pequeña fotografía de su ficha del Registro Civil.
La novela es el relato de su búsqueda de esa mujer. Un paseo solitario en pos de una vida desconocida. Un descubrimiento paulatino y tardío de las mínimas huellas que otra vida (acaso tan gris como la suya) ha ido dejando en el entramado de la ciudad.
Todos los Nombres es una novela que dignifica compasivamente la soledad, explorando una arista insondable, bella y terrible.
Para quienes se deleitan con la belleza del texto, este libro -como siempre en Saramago- es como un café intenso, sabroso, lleno de cuerpo. Y más allá, mucho más allá, una ventana abierta a la existencia de un hombre solitario, un hombre posible cuya mínima aventura quizás no sea tan diferente a las vidas de todos.











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