Obra
gruesa, fue en 1969 una especie de aproximación provisoria de las obras
completas de Nicanor Parra, publicada originalmente por Editorial
Universitaria se ha constituido en uno de los mayores clásicos de
nuestra poesía. Han pasado cuarenta años y, sin embargo, el libro luce
fresco, divertido y desafiante como el primer día.
Cuando apareció, Ignacio Valente, uno de los más eminentes críticos literarios chilenos, lo saludó como “uno
de los acontecimientos poéticos mis radicales y profundos de las letras
chilenas -y aun de la poesía latinoamericana toda – en loa últimos años”.
Y no podía ser para menos. Aunque
En estos días en que la Región de Aysén y la Patagonia en general han estado en la mirada pública, me acordé que en mi biblioteca tenía una poco conocida novela que encontré hace un tiempo en una librería de San Diego. Por referencias sabía de esta novela y de su autor, de su profesión de abogado, de su labor como juez y de su talento literario, pero no había tenido la oportunidad de leer algo de él.
Fui pues hasta mis anaqueles, busqué la novela en cuestión y me di a la grata tarea de leerla. Son casi 100 páginas que se van acabando sin prisa, pero también sin detenciones, donde descubro una pluma fértil, imaginativa, no excenta de humor, de una fina ironía y de una profunda traza psicológica con la que va adornando a sus personajes. No es posible quedar indiferente ante ellos, nos afloran sentimientos muy humanos ante la loca misión del protagonista o el ingenuo enamoramiento de una maestra rural. Reconocemos en la actitud de la empresa estatal ferrovaria un no sé qué permanente de su mal manejo administrativo.
Aysén, la estación del olvido, es la curiosa aventura de un empleado ferroviario que alcanza el sueño de su vida al ser designado Jefe de Estación. Ya antes, como miembro del grupo de vialidad había soñado con ser Jefe de Grupo, nombramiento que solo consiguió cuando era él el último de los obreros en funciones y no había nadie más para el puesto (y nadie más para ejercer de subalterno). Pero la vida no era fácil para Joaquín y cuando le llegó el ansiado nombramiento se aprestó a viajar a Lago Verde, pues ésa era su designación. Cosa rara, en el mapa nacional ferroviario (desde Arica a Puerto Montt), no figuraba ninguna estación con ese nombre. Cuando se enteró de que estaba nombrado al frente de una estación ferroviaria en la Patagonia, donde no hay ferrocarriles, creyó que tendría el honor de inaugurarla, bien pronto se dio cuenta que fue enviado solo para ser olvidado en esas lejanías.
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Extraordinario escritor chileno, poco conocido por el grueso público y por la juventud, José Santos González Vera es uno de esos narradores entrañables, poseedores de una forma de relatar tan vívida que uno casi visualiza y comprende la intimidad de sus personajes. Oriundo de la localidad de El Monte (provincia de Talagante, en la Región Metropolitana), sus obras fundamentales son Alhué, Cuando era muchacho y Vídas Mínimas.
Vicente
Pérez Rosales es uno de esos casos raros cuya literatura,
pretendidamente memorialista y por ello fuertemente arraigada en
contextos históricos y culturales muy determinados, superan la
estrechez de los tiempos que recuerda y se instala como una obra
brillante y atemporal tan extraordinariamente vigente como si no
hubieran pasado décadas o hasta siglos.
A veces es bueno releer viejos clásicos de nuestra literatura que constituyen estaciones importantes en el desarrollo de nuestras letras. De la llamada literatura realista - social destaca con nitidez una obra muy comentada en su época, pero que hoy parece injustamente olvidada en los anaqueles de las bibliotecas antiguas: me refiero a la Sangre y la esperanza, de
Han pasado más de cincuenta años desde que Gabriela Mistral dejó
este mundo en el cual nunca pareció estar muy cómoda. Su bibliografía,
de fama universal, daba cuenta de una nutrida cantidad de páginas, lo
que no sabíamos es que había muchas más sin publicar.
Acabo
de volver de un breve viaje por la costa del litoral central de Chile
y, uno de los ritos que suelo efectuar en cada uno de estos viajes, es
detenerme en El Tabo, para ello hay dos razones:


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