Obra
gruesa, fue en 1969 una especie de aproximación provisoria de las obras
completas de Nicanor Parra, publicada originalmente por Editorial
Universitaria se ha constituido en uno de los mayores clásicos de
nuestra poesía. Han pasado cuarenta años y, sin embargo, el libro luce
fresco, divertido y desafiante como el primer día.
Cuando apareció, Ignacio Valente, uno de los más eminentes críticos literarios chilenos, lo saludó como “uno
de los acontecimientos poéticos mis radicales y profundos de las letras
chilenas -y aun de la poesía latinoamericana toda – en loa últimos años”.
Y no podía ser para menos. Aunque
Extraordinario escritor chileno, poco conocido por el grueso público y por la juventud, José Santos González Vera es uno de esos narradores entrañables, poseedores de una forma de relatar tan vívida que uno casi visualiza y comprende la intimidad de sus personajes. Oriundo de la localidad de El Monte (provincia de Talagante, en la Región Metropolitana), sus obras fundamentales son Alhué, Cuando era muchacho y Vídas Mínimas.
Este último relato, que data de 1923 (cuando su autor tenía 26 años) se compone de dos historias con distintos personajes, pero una especie de alma común. En el primero, llamado "El Conventillo",
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Vicente
Pérez Rosales es uno de esos casos raros cuya literatura,
pretendidamente memorialista y por ello fuertemente arraigada en
contextos históricos y culturales muy determinados, superan la
estrechez de los tiempos que recuerda y se instala como una obra
brillante y atemporal tan extraordinariamente vigente como si no
hubieran pasado décadas o hasta siglos.
A veces es bueno releer viejos clásicos de nuestra literatura que constituyen estaciones importantes en el desarrollo de nuestras letras. De la llamada literatura realista - social destaca con nitidez una obra muy comentada en su época, pero que hoy parece injustamente olvidada en los anaqueles de las bibliotecas antiguas: me refiero a la Sangre y la esperanza, de
Han pasado más de cincuenta años desde que Gabriela Mistral dejó
este mundo en el cual nunca pareció estar muy cómoda. Su bibliografía,
de fama universal, daba cuenta de una nutrida cantidad de páginas, lo
que no sabíamos es que había muchas más sin publicar.
Acabo
de volver de un breve viaje por la costa del litoral central de Chile
y, uno de los ritos que suelo efectuar en cada uno de estos viajes, es
detenerme en El Tabo, para ello hay dos razones:



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