Ahora que ya se ha dejado de hablar de José Saramago con esa nostalgia compulsiva que produce en la gente la súbita desaparición de un gran artista o una figura pública; ahora que no está tan de moda hablar de él para alabar su literatura (o para denostarla, que de todo hay en esta viña); ahora, digo, que después de su partida ha finalmente vencido el silencio, ese silencio como de final de un entierro, ese silencio que no puede durar porque ya acoscumbrados a su ausencia aprenderemos a hablar de él de otra manera, como un amigo omnipresente, como



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